DIARIO DE UN YAMABUSHI

 Por Mario Ruiz Moreno (Alias Zaabur)

 Contacta: Zaabur@teleline.es 

Tensui

            Soy Tensui Tendo hijo de Takeaky Tendo y Omi Kurisawa hijos de la luz de Yelmalio. Al igual que mis padres sirvo a mi dios y la fuerza de mi fe guía el filo de mi Naguinata. Nuestro grupo de lanceros de Yelmalio ha jurado lealtad a nuestro señor Akechi Shingen y por nuestro honor defenderemos a nuestro señor de sus enemigos.

 

 

Orígenes

 

        Mi juventud en el templo de Yelmalio junto a mis padres fue bastante feliz. En el templo conocí el camino de la pureza y el honor y los ritos que algún día me harían merecedor de los dones de Yelmalio. Mi padre Takeaky como hijo de la luz me instruyo en el uso de las lanzas amadas por mi dios y yo en particular me encariñe del filo de la naguinata. Mi madre, iniciada de Aldrya murió al nacer yo pero me legó los escritos de los que aprendí las costumbres de nuestros aliados elficos.

        Nuestro señor Akechi Shingen estaba en esa época enemistado con Mori Terumoto anteriormente su señor y ahora su enemigo. Nuestro señor intento hablar con su antiguo amigo y mandó a un embajador escoltado por un nutrido grupo de Samuráis y mojes Yamabushi.  Mi padre como hijo de la luz encabezó a los suyos entre los que me encontraba yo en mi primera salida importante del templo. Nuestros pasos nos llevaron en dirección de las tierras de los Terumoto y nuestro barco arribó una tarde al puerto al que nos dirigíamos.

        Grande es el odio que Mori Terumoto le tiene a nuestro señor Akechi Shingen puesto que apenas comenzamos a desembarcar en el puerto fuimos atacados por una horda de furiosos enemigos. Gran fuerza tienen los monjes Yamabushi pero ni nosotros ni los samuráis leales a Akechi que nos acompañaban fuimos suficientes para repeler el ataque. Muchos cayeron esa tarde mientras los últimos rayos de la cúpula solar nos iluminaban. Mi padre fue herido de muerte por una flecha errante cuando el barco comenzaba a zarpar. La magia de los monjes se había agotado con la lucha y no se pudo hacer nada por salvar a su vida. Moribundo entre mis brazos escuchaba como yo, su hijo, juraba venganza por su muerte.

        “El camino al despertar proviene de una mente limpia y un corazón sincero hijo mío” “El que vence a la ira vence al mayor de sus enemigos” – dijo mi padre en su agonía. Un hombre bueno que me hizo jurar en su lecho de muerte que no guardaría rencor a nadie y que siempre me comportaría con el honor, la pureza y la humildad que el camino a la luz exige. Pienso cumplir mi promesa.

Parte uno: Las Mil Islas del Amanecer.

  1. Capitulo I: Esperando a los Mori.
  2. Capitulo II: Rumbo al Sur.
  3. Capitulo III: Monstruos.
  4. Capitulo IV: La Maldicion.
  5. Capitulo V: Siniestros Augurios.
  6. Capitulo VI: Las amazonas.

 

 

Parte uno: Las Mil Islas del Amanecer

 

 

Capitulo I: Esperando a los Mori

 

La expedición

        Nuestro señor Akechi Shingen viendo próxima la derrota partió en exilio hacia la isla de Zom-An. En su shiro de Nabuta dejó un nutrido grupo de valientes guerreros al frete de Nakamura Kogaratsu con misión de engañar a las fuerzas de Terumoto para dar tiempo a su retirada hacia el exilio. Fuimos pocos los que nos quedamos atrás pero sin duda aguantaríamos el asedio de las fuerzas de nuestros enemigos antes de escapar en nuestro junco a los pies de los acantilados que flanquean los muros del shiro de nuestro señor.

        Las tropas de Terumoto se aproximaban por lo que era necesaria realizar una expedición para calibrar la fuerza de nuestro enemigo. Fui seleccionado entre los veinte guerreros que al mando de Mutai Enzo saldrían a explorar zona enemiga. Nuestras fuerzas fueron divididas para  batir más terreno y al frente de mi grupo se encontraba el samurai Imai Tomoyuki y entre el resto de los hombres se encontraban además Kasumi Akira, Ota Saru y Meca, samurai, wako-samurai y gaijin respectivamente.

        Imai ordenó avanzar a través del bosque en previsión del peligro que nos acechaba. Vimos una columna de humo a lo lejos que Ota Saru con sigilo vio que pertenecía a un joven carbonero trabajando. Decidimos rodearlo para no perturbar su trabajo y no delatar nuestra presencia y al poco avistamos los arrozales que rodean Nobuta y el templo de Valzain. Decidimos aproximarnos al templo para inspeccionarlo pero cuando nos acercábamos al borde de los árboles con los arrozales una lluvia de enemigos nos sorprendió. Un grupo de ninjas ocultos entre las ramas de los mismos nos esperaban ansiosos de enfundar sus armas en nuestras entrañas. Alcé mi naginata y el ninja no tuvo la mas mínima oportunidad al teñirse la hoja de mi arma con la sangre de sus entrañas. Rápidamente me di la vuelta para ayudar a mis compañeros cuando una flecha lanzada por un enemigo oculto en el templo rasgo mi pierna. La herida no fue tan grave como la que sufrió Akira ante mis ojos. El ninja le atravesó las entrañas como yo hiciera momentos antes con su compañero y el joven guerrero cayó al suelo mortalmente herido. En el fragor del combate tanto Imai como yo nos dirigimos prestos a evitar que el ninja rematara su faena pero este, al vernos venir y al ver que la mayor parte de los suyos estaban muertos o huían y que dos guerreros con las hojas de sus armas teñidas de sangre se aproximaban, lanzó algo al suelo y una nube de humo cubrió su fuga.

        Akira agonizaba y la vida se le escapaba entre los dedos de sus manos sujetando el contenido de su vientre. Tanto Imai como yo tratamos de cortarle la hemorragia con presteza pero desgraciadamente nuestras artes curativas se aproximan más a los conocimientos de un niño no de un sanador experimentado. La luz de Akira se apagaba y mi magia de los espíritus no iba a ser suficiente para sanarle. Con la muerte tan cerca no dude un momento en invocar la luz curativa de Yelmalio y este accedió a sanar la herida del samurai por lo que el color regresó poco a poco al rostro de Akira.

        Al poco inspeccionamos el templo de Valzain pero el arquero que me hirió ya había huido. Nuestra expedición no podía dar mas datos al escapar todos los posibles prisioneros por lo que temiendo que los ninjas pudieran regresar con refuerzos decidimos regresar a nuestras filas ahora por el camino pudiendo llegar a ver el cuerpo del carbonero asesinado por los ninjas. A nuestra llegada nos enteramos que uno de los grupos si había visto el ejercito del enemigo aproximándose por lo que regresamos a la fortaleza.

 

El asedio

        El amanecer de un nuevo día nos dejo ver las interminables filas de los Mori desde el otro lado de los matacanes del shiro. Las filas de guerreros se perdían en el horizonte y el olor a ceniza procedente de las hogueras de los campamentos llenaba de oscuridad nuestros pensamientos. Pudimos ver por fin los árboles caídos que habíamos oído cortar durante la noche ahora transformados en escalas y arietes.

        Las filas de guerreros de nuestro señor Akechi Shingen se agolpaban en las murallas. Los maniquíes de paja equipados con armaduras engañaban a nuestros enemigos no así a nuestros corazones que esperaban lo peor. Los Mori se preparaban para el asalto cuando Nakamura Kogaratsu se alzó en las almenas y lanzó un desafío. Un desconocido se adelantó de las filas de los Mori respondiendo a dicho desafío y el valiente guerrero abandono la seguridad de las murallas para enfrentarse a su enemigo en duelo. No duro mucho. Al poco de comenzar su enemigo fue derribado de un tajo certero con su katana y el guerrero regresó indemne bajo la protección de las murallas. Cuando estaba aún pensando en la futilidad de tal acto, la desgracia de los guerreros que aspiran a la gloria y a ganar un mal entendido honor en el campo de batalla, otro guerrero se alzo en las almenas para lanzar otro desafió. Era Imai que retaba a un representante de la familia Mikoshi a duelo. Afortunadamente nadie vio la mirada de desagrado que surgió de lo más profundo de mi ser al recordar las palabras de mi padre en su lecho de muerte acerca de la futilidad de tales actos. Imai se dirigió a enfrentarse en duelo a su enemigo no antes de tener el un encontronazo de los muchos que veríamos en nuestro viaje con Ota Saru cuando le propuso hechizar a su enemigo para debilitarle. El combate no duró mucho ya que Imai amago un tajo con la katana y con un rápido movimiento hinco la rodilla y alzándose le asesto un “iai” de abajo a arriba que lo mato.Tensui en el shiro

        Poco después de estos actos de honor a los que están tan acostumbrados los samuráis comenzó el asedio de los Mori. Las filas avanzaban mientras nosotros desde las almenas les lanzábamos una lluvia de flechas que hirió a muchos y mató a otros tantos aunque no fue demasiado efectiva debido a lo bien equipadas que estaban las tropas enemigas. La mayor parte de las flechas rebotó inofensivamente en las armaduras de los Mori y los enemigos llegaron sin bajas apreciables a las murallas del castillo en las que comenzaron a apoyar las escalas de asedio. Cada grupo de guerreros luchó con valentía y, por que no decirlo, desesperación para evitar el acceso de los enemigos al interior de shiro. Yo me coloqué al frente de una escala y rechacé a múltiples enemigos a golpe de Naginata y de patadas de artes marciales. El asedio no duró demasiado. Lo suficiente para causarnos las primeras bajas y tantear nuestras fuerzas. Dentro de poco lanzarían el ataque en serio.

 

La caída del shiro

 

        La mañana siguiente llegó con una luz indecisa, como si el sol se negara a contemplar las muertes que se iban a producir esa mañana. Los guerreros defensores del shiro estábamos cansados de montar guardia toda la noche. Todos sabíamos que no podríamos aguantar el segundo asalto de los Mori.

        Nakamura Kogaratsu consciente de la inminente caía del shiro dispuso que parte de nuestras fuerzas esperaran en el junco, en su mayor parte marinos. Los guerreros restantes fuimos organizados en grupos que tendríamos que evacuar el shiro a las ordenes de nuestro líder. A mi me tocó en el penúltimo grupo junto con Akira que abandonaría las murallas de la fortaleza para descolgarse por el acantilado hacia el junco.

        A media mañana comenzó el asedio. La lluvia de flechas que lanzábamos contra los Mori eran como mosquitos tratando de detener la estampida de una bestia enfurecida. No tardaron en llegar a las murallas

        Al poco de asaltar las murallas se ordenó la retirada paulatina de las mismas. Llego mi turno de descolgarme por las cuerdas pero por desgracia las enseñanzas recibidas en el templo no versaban acerca de tales artes por lo que con las prisas y la presión inducida por la situación y la presencia de más guerreros en las cuerdas  provocaron que fuese incapaz de mantenerme sujeto a las mismas. La caída a plomo al mar fue aumentada en su velocidad por la pesada armadura de láminas que portaba para el combate. Por desgracia en el templo tampoco aprendí a nadar y cuando el abrazo de las aguas cubrió mi cuerpo temí lo peor. Por fortuna Akira contempló mi caída y recordando la deuda de honor que el creía tener conmigo por la vez que le salve de la muerte se lanzó al agua con una cuerda atada a la cintura y me rescató de la una muerte fría y anónima.

        Con todos los guerreros a bordo el junco partió para no regresar jamás a las islas de Vormain.

 

 

Capitulo II: Rumbo al Sur.

 

Al abordaje

 

        Zarpamos a la mar mientras los Mori comenzaban a lanzarnos flechas desde las murallas del shiro. El junco se alejaba de la isla cuando avistamos a lo lejos una pequeña flotilla de juncos enemigos que trataban de evitar nuestra fuga. Por fortuna el oficial al mando actuó con competencia y diligencia escapando nuestras tropas de una muerte segura.

        Los días en la mar pasaban lentamente. Sin espacio para estirar las piernas y sin la paz de la tierra firme los ánimos fueron decayendo entre nosotros. Algunos pensaron en practicar sus habilidades de armas pero la falta de espacio impedía realizar el más simple estiramiento. Pasados unos días avistamos a lo lejos un barco mercante  haragalano y los marinos del barco plantearon asaltar el mercante enemigo para capturar valiosos botines. El capitán Takeda, al frente del junco, ordenó el abordaje después de una agria discusión con Nakamura Kogaratsu.

        A media tarde conseguimos alcanzar el mercante después de unas horas de persecución. Los guerreros armados y con ganas de acción esperábamos ansiosos a que el abordaje diera comienzo. Algunos osados saltarían en primer lugar usando cabos al barco enemigo. Yo opté prudentemente a esperar que desplegaran la escala en recuerdo de mi mala experiencia en el acantilado. Me aterraba la posibilidad de caer entre los dos barcos y encontrar la muerte de la que Akira me había librado.

        El barco se acercaba a pasos agigantados cuando dos lanzas solares lanzadas por los mercaderes golpearon la cubierta de nuestra embarcación. Por fortuna ningún hombre fue alcanzado pero nos vimos obligados a detener el creciente incendio. Al poco alcanzamos el mercante y nos fijamos a su babor con garfios de anclaje. Los dos barcos se aproximaban poco a poco cuando y los primeros osados comenzaron a balancearse con cabos para aterrizar en la cubierta enemiga. Al poco crucé la escala para sumarme al combate, eso por llamarlo de alguna forma. La verdad es que fue prácticamente una matanza al menos desde mi punto de vista. Los yamabushi produjimos muchas bajas entre el enemigo antes de ser derrotado este sin sufrir nosotros ninguna pérdida. Los marineros armados con cimitarras me atacaron sin tregua pero mi fiel Naginata bailó para ellos la danza de la muerte. El único incidente a reseñar fue con el segundo marino al mando de nuestro junco que fue gravemente herido por dos marineros ebrios de vino. Por suerte en esta ocasión mi magia de los espíritus fue suficiente para curar sus heridas y no tuve necesidad de invocar la luz curativa de Yelmalio.

        La tripulación del mercante rindió sus armas al ver próxima su muerte. Los marinos wako saquearon el barco de su cargamento de especias mientras decidían que hacer con los rendidos, si matarlos o abandonarlos sin comida ni agua con el mercante. Horrorizado ante tal perspectiva abandoné el mercante y me retiré a mi camastro a meditar y a rezar por las almas de los pobres incautos.

 

Arganthosas

        Días después del abordaje avistamos una isla en el horizonte. El capitán viendo bajas las reservas de agua y alimentos frescos junto con la decreciente moral de los tripulantes decide realizar una escala en la isla para llenar nuestras reservas y alegrar los corazones. La tripulación se reparte por la playa y algunos aprovechamos para asearnos mientras algunos marineros se dedican a capturar langostas y recoger frutas. La cena a la luz de las estrellas calma los estómagos y los corazones del grupo de refugiados. La frescura de las frutas nada tiene que ver con las tiras de carne seca del barco y el fresco olor de la jungla nos hace olvidar el hedor de nuestros camarotes.

        Finalmente la paz de la noche nos arrulla con su abrazo y vamos cayendo todos en un profundo y placentero sueño. Desgraciadamente al poco Mecaroth postrado de guardia escucha un ruido y poco después al examinar su procedencia se ven huellas de pies que se alejan del campamento. Se da la alarma y se pasa revista notándose en seguida que faltan cuatro marineros y un Yamabushi. Todos afirman que son desertores y que hay que atraparlos cosa que a mi me resulta algo extraña no por los cuatro marineros sino porque me resulta difícil de creer que un hermano de mi templo abandone a los suyos. Indignado ante tal posibilidad me adelanto en cuanto Nakamura Kogaratsu propone enviar a un grupo para perseguir a los fugados. El grupo de aventureros que realizamos la incursión en tierras de los Mori somos elegidos para realizar la cacería por lo que todos nos pertrechamos con las armaduras y nos disponemos a rastrear a los traidores.

        Nos adentramos en la jungla precipitadamente tratando de alcanzar a los fugitivos antes de que sea demasiado tarde pero por desgracia ninguno de los nuestros se había adentrado muchas veces en la jungla y desconocíamos la dificultad de la travesía. Mi adorada armadura de Yelmalio parecía una pesada losa ardiendo cubriendo mi cuerpo. El sudor comenzó a deshidratarme rápidamente y, cuando me quise dar cuenta, el contenido de mi pequeña cantimplora ya no estaba en su interior sino en el mío. Cada inspiración se hizo pesada y llenar los pulmones se hizo tan difícil como inspirar en las cercanías del rugiente Lodril. Ladee la mirada para ver el estado de mis compañeros y vi que algunos estaban peor. Imai y Mecaroth cayeron enfermos de deshidratación y cansancio. Paramos nuestra marcha y después de pasar una noche descansando cargamos con nuestros compañeros debilitados de vuelta al campamento a prepararnos mejor para la marcha. Entre el peso de mis pertrechos y el de los de Imai que no es un samurai precisamente pequeño lo pase muy mal para llegar de vuelta al campamento.

        Mejor pertrechados y después de una fuerte reprimenda por parte de Nakamura al responsable de nuestro grupo partimos de nuevo a la jungla esta vez bastante mas aligerados y con una mayor provisión de agua. Horas después encontramos un sendero en la jungla que optamos por seguir al ver una prometedora huella y los restos de una fogata. Tras un rato siguiendo el sendero escuchamos a lo lejos el ruido de unos niños jugando. Akira se adelanta usando el magnífico sigilo que caracteriza sus unos pies ligeros y encuentra unos niños alto extraños. De vuelta al grupo nos narra como un grupo de niños casi desnudos saltan y juegan mas un pequeño tallo verde les crece de un talón. Intrigados decidimos ir Imai y yo ya que el esta a cargo del grupo y yo en mi temprana juventud conocí a la raza de los elfos y tales conocimientos pudieran sernos útiles.

        Imai ordena que nos adentremos con las armas envainadas y sin porte amenazador. No comento nada pero me gustaría haber sabido como pretendía que envainara mi naguinata de casi dos metros. Nos adelantamos a hablar con los nativos que nos contestan en tanyeno, lenguaje que apenas si conocemos y con el que intentamos preguntarles por los fugados. Los nativos nos guían a través de su poblado en el que la gente nos mira con curiosidad. Todos los nativos tienen el extraño tallo verde con hojas surgiendo de uno de sus talones cosa que me llena poco a poco de inquietud. Tenia la impresión de estar entrando en la boca del lobo y no erraba después de todo. Arribamos a un semicírculo enorme excavado en la tierra del que brota una planta selvática enorme con una gran multitud de tallos que se unen con los talones de los nativos. De las partes altas de la planta cuelgan frutos de llamativos colores que caen al suelo. Los cuatro marineros están durmiendo placidamente al lado de la planta con las manos y la boca manchadas del jugo de los frutos que han devorado. Mi hermano yamabushi yace en el suelo y está comiendo esporádicamente frutos que recoge del suelo. Tiene la mirada perdida en el infinito mar de la alucinación y la locura y aparenta ser muy feliz. Me dirijo rápidamente a atender a mi hermano mientras un nativo con collares de plumas y gran cantidad de abalorios que me recuerdan a los shamanes élficos que conocí con los aldrianis nos observa con curiosidad. Cuando Imai y yo nos aproximamos más, e Imai sugiere liberar a los marineros para que partan de vuelta con nosotros al junco, el líder de los nativos nos instó a detenerlo: "pertenecen a Arganthosas" dijo mientras en lo más profundo de mi ser sentía como el poder de la planta-dios trataba de forzarme a alejar mi corazón de la luz de Yelmalio. Asustado ante tal poder que trataba hacerme dudar de la fe en el señor de mi alma me dirigí raudo a recoger a mi hermano yamabushi pero al aproximarme este comenzó a gritar repudiando e insultando a mi dios. En un momento de ira golpeé al mi hermano con el mango de mi naguinata con la intención de dejarlo inconsciente para después alejarlo de la nefasta influencia de Arganthosas. El semblante de los nativos cambió al momento y sus miradas se tornaron toscas y severas. "Ha elegido, ahora es de Arganthosas. Debéis dejarlo" dijo el Shaman o lo que quiera que fuese con una mirada iracunda. Mi mirada se encontró con la de Imai y en un mudo silencio ambos optamos por abandonar a los ahora fieles de Arganthosas. Nada podíamos hacer para enfrentarnos a toda una una aldea de fieles a los pies de su dios por lo que, con gran pesar en mi corazón, me vi obligado a aceptar la pérdida de un hijo de Yelmalio y tendía que vivir con tal pesar en mi corazón. Rezaría por su alma y por la el perdón de la mía.

        Ya en el barco nos dispusimos a contarle lo sucedido a Akechi Tokuri que en sus sueños ha visto la verdad de la misteriosa planta. Arganthosas ofrece a sus fieles la felicidad y la paz a cambio de tener que unirse físicamente a el y no poder abandonar por ello jamás la isla. Un dios magnánimo y complaciente que sin duda jamás verá tanto mundo como Yelmalio a visto a través de sus fieles. Un dios débil para los débiles de corazón y espíritu. Afortunadamente los hijos de Yelmalio somos bastante mas sabios y jamás aceptaríamos tal esclavitud encubierta. Por otro lado uno de los míos había sucumbido a tal oferta lo que sin duda me iba a ocasionar lagas horas de meditación intentando comprender su postura. Sin duda aunque Yelmalio es más poderoso Arganthosas es más fuerte en su propia casa por lo que el desgraciado no tubo la mayor oportunidad de elección. Hasta mi fe se vio brevemente atacada por el dios enemigo y ni siquiera yo se si habría aguantado mucho ante una presencia tan sobrecogedora. La duda. Una mancha en el camino de la luz que me iba a costar limpiar y olvidar.

 

 

Capitulo III: Monstruos

 

Demonios del mar

 

        Tras un breve periodo de tiempo en la mar unas nubes grises y amenazadoras se alzan en el horizonte. La luz de los rayos se refleja en nuestros ojos y el sonido de los relámpagos atronaba nuestros oídos. Recordando una vez más mi experiencias con el agua me refugié raudo y presuroso bajo la cubierta del junco a la espera de que arreciara la tormenta. El zarandeo del junco afecta a muchos de los que preferimos la tierra firme y el mar reclama el contenido de los estómagos de algunos de nosotros. Por fortuna mantengo la compostura durante la tormenta y no caigo enfermo por el mal del que no está acostumbrado a tales desventuras. 

        El tiempo pasa y la tormenta arrecia. El timón del junco está algo rígido por lo que uno de los marineros bucea bajo la quilla e informa al capitán Takeda de que una bola de algas atora el mismo. A lo lejos se avista un pequeño atolón coralino en el que Takeda decide detener el junco para proceder a la limpieza del timón del mismo. La blancura de la arena de la cala nos hace a todos recordar la fiesta en la playa de la anterior isla por lo que el rugir de nuestros estómagos después de la tormenta nos reclama con impaciencia. Muchos guerreros ante la belleza del paisaje se lanzan alegres al agua para nadar hacia la playa. El grupo que lidera Imai es mandado a la misma para asegurarla y ver que no hay peligro alguno. Al poco se escucha un grito de miedo y, uno de los hombres se zambulle en la espesura de la jungla. No sabiendo que ha visto el hombre e ignorando si ha acudido a atacar a un enemigo algunos nos internamos en la jungla en su ayuda. Mas tarde nos contarían como un grupo de criaturas verdosas asaltaron la borda del junco y mataron a tres marineros hasta que un arquero consiguió matar a una de las que trataban de huir. Imai se quedó impotente en la cala sin saber que hacer gritando el nombre de Nakamura. 

        La espesura golpeaba sin piedad nuestros rostros mientras nos adentrábamos en la misma. Los olores de las plantas exóticas eclipsaron pronto el olor a mar del que algunos estábamos ya tan hastiados. El monje Kazán junto conmigo mismo avanzamos más prestos que los demás y logramos alcanzar a la criatura. Es una criatura pequeña fea y sucia. Se parecía a uno de los patos que nuestros sacerdotes tenían el gusto de degustar a veces en el templo solo que era el doble de grande y sus alas terminaban en una especie de manos. La criatura esta bendecida con más don del habla del que Ota Saru ha demostrado hasta la fecha y nos implora entre sollozos piedad y misericordia. Se nos dirige en tono adulativo implorando la protección de los hijos de yelmalio de los demonios barracuda. Al poco llegan Imai Tomoyuki y el resto de los perseguidores y, con ayuda de un marino que habla perfectamente el idioma del pato, nos enteramos de su historia:

        "Me llamo Suqua y soy un mercader de Haragala, hace seis semanas el buque en el que viajaba naufrago, pero yo conseguí salvarme y llegue hasta esta isla. Durante la primera semana trate de sobrevivir como pude, pero cuando llego la noche de la luna llena, oí el sonido de una caracola y intrigado aunque cauteloso me aproxime al lugar del atolón de donde procedía, a unos dos kilómetros de aquí. Cuando llego allí encontró una extraña formación rocosa, la cual semejaba una especie de anfiteatro. En el centro, sobresaliendo entre las olas había una gran roca plana en la que había seis postes de coral. Atónito observo que a los postes estaban atados marineros de los que habían viajado con el y a su alrededor nadaba un numeroso grupo de yssabues, realizando alguna clase de ritual, uno de ellos soplaba una caracola llena de runas y colgantes. Al poco hubo una gran conmoción bajo las olas y emergió un monstruo marino enorme, aunque tenia brazos, el cual empezó a devorar a los marineros"

        Al regresar al junco nos enteramos que los demonios del mar se han llevado a seis marineros y que a la noche caerá la luna llena. El grupo de rescate es encabezado por Kato el mejor de los Yamabushi abordo del junco y legendario hijo de la luz de Yelmalio. Suqua nos dice donde está la guarida de los Yssabues y nos dirigimos prestos al rescate. Yo, recordando mi experiencia en la selva, opto por cargar mi armadura en una red a la espalda para usarla si tengo oportunidad.

        Atravesamos la jungla de nuevo mientras algunos nos lamentábamos de los múltiples asaltos que habíamos sufrido hasta la fecha por parte de los mosquitos y llegamos a un repecho de tierra tras el cual nos parapetamos para observar. Se podía ver un pequeño curso de agua tras el cual nuestros hombres yacían maniatados a unos postes. Los yssabues poblaban la blanca arena y, de una pequeña cueva, un shaman yssabu salió comenzando a realizar una danza ritual al rededor de los aterrorizados hombres. Kato ordena no atacar y la sugerencia que estaba  apunto de apuntar acerca de que impidiéramos que finalizara el ritual aseteando al shaman murió en mis labios antes de nacer. El shaman completó el ritual y una terrible criatura que más tarde me nombraron como Gnydron se alzó de las aguas del canal en toda su magnificencia y esplendor. La sangre se congelo en las venas de muchos de los que íbamos a tratar de defender a los nuestros viendo la enorme inmensidad de la criatura. Kato, hijo de la luz de Yelmalio, se alzó ordenando el ataque y lanzó su jabalina inundada de luz y muerte que traspasó el cráneo de la criatura como un cuchillo atraviesa una fruta cualquiera. La criatura de derrumbó en la playa y su sangre tiño de rojo las aguas del pequeño canal. Una andanada de flechas termina de dispersar a los aterrorizados yssabues permitiendo la liberación de los nuestros sin mayores percances.

 

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