HISTORIA DE  TZI-LI

 

 

Tzi li entrenandose junto a su padre

 

    Tzi-Li nació en la ciudad de Wan Hua, en la isla de Modaings, en Kralorela. Hijo de Tzi-Han, un famoso luchador de artes marciales, poseedor del dojo más importante de la ciudad.  Huérfano de madre, apenas veía a su padre, y como todos los jóvenes de Kralorela, se educó desde pequeño como un campesino, pasando su infancia entre el dojo de su padre y los campos de arroz de sus tíos, hasta que un día el famoso espadachín, Imolo Wen, conocido por haber eliminado a los monstruos bicéfalos de Boshan, se fijó en aquel joven que comenzaba a destacar entre sus compañeros tanto en las artes marciales como en las místicas. Desde entonces, Tzi-Lee viajó a lo largo del Reino de Kralorela, sirviendo a uno u otro mandarín, perfeccionándose en el combate, así como en las artes nobles, la poesía, la ceremonia y la escritura.

Nunca tuvo una verdadera familia, ni verdaderos amigos, su padre estaba demasiado ocupado para dedicar algo de tiempo a su único hijo, y aunque lo quería, lo culpaba secretamente de la muerte en el parto de su madre, esto provocó que Tzi creciera despreocupado de las relaciones sociales, que fuera considerado más arrogante y ausente aún que la mayor parte de la nobleza kralorelana. Frecuentemente se evadía a lugares solitarios para meditar, intentando entender el universo, de internalizarlo, de descubrir al Dragón.Descubriendo al Dragon

Lamentablemente, el destacar entre los jóvenes aspirantes a mandarín hicieron crecer en él el orgullo y la arrogancia, aunque este era un defecto común al de todos sus compañeros. Enteróse un día que un Huan-to, uno de esos extraños monstruos que se rodean frecuentemente de no-muertos y con grandes poderes se encontraba en los barrios bajos de su ciudad nata, y queriendo impresionar a su padre, del cual nunca había recibido la menor muestra de felicitación; se dirigió aquella noche de luna llena con cuatro compañeros de armas hacia la madriguera del monstruo, teniendo todos en común el corazón del tigre y la inteligencia del buey. Aquel Huanto era un ser demoníaco, con grandes colmillos y que los superaba en estatura ampliamente, Lo retaron a un duelo, y nada más comenzar éste, Tzi.lee se dio cuenta de lo temerario de su acción, dos de sus compañeros cayeron bajo el filo de la espada del monstruo antes siquiera de haber podido encomendar su alma al Dragón, pero las lecciones que Tzi había tomado no fueron vanas, de un fenomenal mandoble con su espada-tao cortó el pie a su adversario, cayendo éste al suelo,...pero el combate no había acabado, un extraño sopor se apoderó de él, siendo incapaz de mantenerse consciente, se desmayó, y cuando volvió en sí sus dos compañeros restantes yacían junto al cadáver del monstruo, se salvaron de milagro, pero otros dos habían muerto. Él se sentía responsable, ¿qué había conseguido?, nada, entendió que un hombre virtuoso no es aquel que detenta el poder de la espada, estuvo meditando varios días y decidió pedir un destino lejano, nuevos caminos, nuevas gentes que le mostrasen la verdadera senda de la sabiduría. Partió hacia la isla de Zon-An y aunque su padre le dijo que se sentía orgulloso de su valor y le regaló diez dardos encantados para dañar cualquier criatura malvada, el no se sintió feliz.

 


 

 

EL DIARIO

 

Llegué a la isla de Zon-an  para servir al muy noble mandarín Su Ti, una isla recientemente colonizada por gentes del archipiélago de Vormain,  seres atrasados, pero con los que es primordial mantener unas buenas relaciones diplomáticas.

Su idioma guarda ciertas reminiscencias del  kralorelano, lo que indica que posiblemente antaño quizá existiesen vínculos más grandes entre nosotros, pero éstos, si existieron algun dia, son ahora inapreciables. Los habitantes de Vormain son seres en exceso apasionados, incultos, toscos, y con una escandalosa propensión a la violencia. Veneran a sus armas casi como si fueran parte de su ser, y según tengo entendido, así las consideran.

    En el momento de llegar el señor de la región, An Wa Kansui, o algo asi, poco más civilizado que los campesinos que le sirven había organizado alguna fiesta local. Al principio me mantuve al margen de tan primitivas costumbres, pero después, queriendo conocer mejor la forma de pensar de seres tan simples me integré en el lugar. Participé sin mucho éxito en un concurso de poesía, y en otro de combate. En éste último estuve tan desafortunado que mi señor me reprendió severamente, no sé si por permitir que me derrotasen los incivilizados nativos de la isla, o quizá por  mezclarme con ellos. Más mi vergüenza fue mayor cuando fuimos atacados por unos demonios alados, los moritai, y solo la intervención del dios Yelmalio a través de Tensui , uno de sus guerreros yamabushis, pudo curar mis heridas antes de que expirase. Pero esta derrota me fortaleció, y tras meditar me di cuenta que hasta ahora había estado protegido, incluso estando en peligro, y que esto era el “mundo real”, por lo que me propuse concentrarme aún más en  prepararme para enfrentarme a él. Pase los siguientes cuatro meses meditando acerca de cómo mejorar mi estilo de combate, sabía que era capaz de golpear con fuerza y rapidez, pero me faltaba esa perfección de movimientos, esa ausencia de ira en los golpes que tiene los grandes maestros espadachines. También me entrené en mejorar el arte de la poesía, en adquirir un leguaje más rico aún y en aprender a esconderme mejor, algo útil en aquella boscosa isla. Me relacioné con los yamabushis de Yelmalio, dando un donativo a su templo por su ayuda al salvarme la vida, y entrené con éstos en su dojo, aunque sus artes marciales sean muy inferiores a las de mi país, supuso un buen entrenamiento para mí.

 

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