DIARIO DE UN SAMURAI

 

           

    Soy Imai Tomoyuki, del clan de los Imai, samurai de noble estirpe. Estoy al servicio del clan de los Akechi, de mi Señor Akechi Shingen. Mi familia le juró fidelidad y mantendré la palabra de honor. Tengo obligaciones que cumplir, y también son muchas son las horas que permanezco en el patio de armas del shiro practicando con las katanas, con otros samuráis de noble estirpe. Mis cortos periodos de descanso los pienso dedicar a la meditación, el estudio y la escritura. Se que algunas de las cosas que aquí refleje pueden ser peligrosas, sobre todo si este diario cayese en manos de alguien indeseable. Lo mantendré oculto entre mi equipaje del junco salvo cuando quiera escribir. Entonces lo ocultaré entre mis ropajes y escribiré en la intimidad. Nadie conocerá la existencia de este diario ... salvo cuando esté muerto y lo descubran entre mis pertenencias. Aprovecharé para tomarlo cuando esté en la embarcación. Con frecuencia bajamos por las cuerdas que nos llevan hasta el junco, practicando para cuando llegue el momento de la huida. Entonces aprovecharé para visitar mis pertenencias y cogerlo.

          Nuestro Señor, Akechi Shingen, partió hace varios días hacia el exilio en la isla de Zom-An. En su shiro de Nabuta, en la isla de Kaishen, quedamos cien hombres escogidos. Ha huido de Mori Terumoto, antaño su Señor y ahora su enemigo. Mori Terumoto cree que mi Señor permanece todavía en el shiro. Nuestra misión : contribuir al engaño tramado para permitir que su huida hacia Zom-An sea segura. No tenemos posibilidad alguna de sostener el asedio, pero aguantaremos todo lo posible antes de huir en nuestro junco, situado junto al acantilado del castillo.

 

La expedición

 

            Esta mañana se dirigió a nosotros Nakamura Kogaratsu, sin duda el mejor de los guerreros Akechi, puesto al mando del shiro por nuestro señor Akechi Shingen. Tenía la intención de realizar una descubierta en las afueras del shiro. Fuimos seleccionados veinte hombres, que bajo el mando de Mutai Enzo debíamos salir al exterior para obtener información acerca de la posición de las tropas de los Mori. Nos deslizamos hasta la colina del Salto del Caballo, y una vez allí Mutai Enzo dividió la avanzadilla en pequeños grupos de cinco hombres que partieron hacia lugares distintos. Se dirigió a mi y me ordenó encabezar una de esas avanzadillas de cinco hombres, en dirección a la aldea de Nobuta, para recabar información. Me acompañarían en la expedición Kasumi Akira, un noble y estudioso samurai, Ota Saru, un wako-samurai, Tensui, un yamabushi de Yelmalio y Meca, un gaijin bárbaro y de extrañas facciones.

 

            Mi intuición de guerrero me permitía adivinar que el peligro acecharía en cada uno de los rincones por donde pasáramos. Ordené desplazarnos a través del follaje del bosque, sin duda mucho más seguro y que mantendría el secreto de nuestra partida. Divisamos una columna de humo y nos acercamos sigilosamente para verificar lo que ocurría. Al acercarnos escuchamos una extraña canción entonada por un carbonero de la zona. Saru lo estuvo observando y no vio nada extraño en el carbonero. Alguno de mis compañeros de expedición sugirió interrogarle para extraer información, a lo que me negué rotundamente. Teníamos una misión que cumplir y un simple carbonero no era nuestro objetivo, y lo único que podría pasar es que delatáramos nuestra situación a alguien. Las tropas de los Mori acechan en las proximidades y podrían torturar al carbonero para que hablase. Decidí continuar nuestro camino sin delatar nuestra posición.


 

            Continuamos a través del bosque hasta llegar a los arrozales que rodean Nobuta y su templo de Valzain. Habíamos llegado hasta el punto de información y tras inspeccionar desde el bosque las inmediaciones no observamos nada anormal. Aun así había que continuar en sigilo y vigilantes ante el peligro.

 

            No se cómo ocurrió, pues nada raro habíamos detectado. Nos encontrábamos a escasos metros de la parte trasera del templo, todavía en el bosque. De repente Meca, el gaijin, llamó mi atención sobre un ruido que había escuchado entre los arbustos. Cuando nos dirigíamos a inspeccionar el ruido saltaron sobre nosotros. Aparecieron de entre los árboles, detrás de los arbustos, incluso en el templo. Eran seis ninjas y nos atacaron con fiereza. Pero unos seres tan innobles y pérfidos no podían derrotarnos. Todo fue muy rápido, mucho más que la lectura de estas líneas. Yo llevaba mi lanza en las manos y la katana enfundada. Cuando uno de los ninjas se abalanzó sobre mí apenas tuve tiempo de soltar la lanza y desenfundar la katana. Pude detener el golpe del bastardo. Ese fue su final. Tan rápido como el viento lancé un golpe sobre el infeliz. Le acerté de pleno en el brazo y el asesino sólo pudo contemplar cómo éste volaba entre las ramas. Sus gritos de dolor se ahogaron en el fragor de la lucha. Se golpeó contra uno de los árboles y cayó al suelo. Mas tarde mis compañeros me contaron que se seccionó el cuello con un arma corta. Sin duda era consciente de que su batalla personal había concluido.

 

            La suerte de mis compañeros de expedición fue dispar. Tensui me dijo después que el ninja que se abalanzó sobre él apenas tuvo opciones de lucha. Su eficaz naginata le seccionó el abdomen, muriendo casi antes de caer sobre el suelo. Meca también tuvo éxito en la lucha. Pude contemplar cómo derribaba a su adversario con un certero golpe. Luego vi cómo le remataba en el suelo ensañándose con él. Un acto innoble propio de gente de su estirpe. Por su parte, Saru acertó a uno de los bastardos con una flecha en la pierna. Luego se puso a cubierto entre los árboles. La peor parte la llevó Akira. Sin duda debió enfrentarse a un asesino muy preparado ya que es difícil creer que un guerrero samurai de noble estirpe pueda caer doblegado ante un perro sarnoso. No pude contemplar lo que ocurrio entre Akira y el ninja, pues me encontraba en plena lucha. Al parecer el bastardo lanzó un certero golpe sobre el abdomen de Akira, que ni su armadura pudo detener. Akira cayó al suelo de forma fulminante y agónica.

 

            Después de seccionar el brazo de mi adversario me giré sobre el agonizante Akira. Pude ver al ninja que le había ensartado y me lancé sobre él dispuesto a matarle. También Tensui se disponía a atacarle, pero como por arte de magia el asesino se desvaneció en una extraña nube de humo. El ninja que había sufrido el flechazo huyó y lo mismo hizo otro bastardo que se encontraba oculto en una de las ventanas del templo, el cual nos había disparado varias flechas. Los ninjas eran conscientes de la imposibilidad de derrotarnos y decidieron huir.

 

            Akira agonizaba en el suelo. Su herida era mortal. No había duda alguna. Mis conocimientos de primeros auxilios apenas tuvieron éxito ante semejante punzada, y de nada serviría utilizar el poder que los espíritus de mi clan me legaron para curar una herida tan abierta y profunda. Temimos lo peor pero el yamabushi de Yelmalio invocó a una extraña divinidad que actuó sobre Akira, salvándole la vida, ante nuestros atónitos ojos. Akira volvía a la vida, habiendo estado a un paso de la muerte.


 

            Tras recuperarnos del ataque inspeccionamos el templo de Valzain sin encontrar nada que pudiera interesarnos. Temiendo que los ninjas pudieran regresar con refuerzos di la orden de regresar al punto de reunión con Enzo. Nuestra expedición apenas arrojaba luz sobre la posición de los Mori. Solo se había saldado con la muerte de tres indeseables ninjas. Nada más sacamos en claro.

 

            Regresamos esta vez por el sendero que habíamos evitado en la ida. Volvimos a ver la columna de humo en el camino, pero esta vez mucho más difusa y apagada. Sin duda el fuego se estaba extinguiendo. Yo no era partidario de perder el tiempo con carboneros, pero Akira, todavía afectado por el ataque recibido junto al templo, se acercó a ver qué es lo que encontraría por allí. No vio nada de particular, salvo el cadáver de un hombre escondido en una caseta, tras el carbón.

 

            Ya en el punto de reunión puse a Enzo al corriente de nuestra expedición, informándole de nuestro encuentro con los ninjas. Uno de los grupos expedicionarios sí que pudo ver al ejército de los Mori, unos dos mil hombres, que se acercaban al shiro. Regresamos rápidamente para informar de todo a Nakamura Kogaratsu.

 

El duelo de honor

 

            Sabíamos que muy pronto tendríamos que enfrentarnos al asalto de los Mori. No podíamos perder el tiempo y preparé con esmero el enfrentamiento que solo yo sabía que tendría lugar poco después. Una de las razones por las que más honrado me sentí cuando Akechi Shingen decidió que yo fuese uno de los cien hombres escogidos para mantenernos en el shiro fue precisamente la posibilidad de vengar el honor en mi familia. Mi amado abuelo tuvo que hacerse el Seppuku por la traición de un perro Mikoshi. El honor de la familia había sido dañado y mi padre me legó la katana Yamasita, la espada del clan. Con ella debía lavar el nombre de la familia. Si hubiese tenido que partir con la expedición de mi Señor hacia Zom-An muy probablemente nunca más pudiera ver estas sagradas tierras y quizás nunca habría tenido la oportunidad de reparar dicha mancha. Quedarme en el shiro era, pues, no solo un honor, sino la única posibilidad de ver a los perros sarnosos y ajustar cuentas. Tenía, pues, que prepararme a conciencia. El duelo tendría lugar en breve. Sabía que los perros Mikoshi servían en las filas de los Mori. Sabía que había Mikoshi delante de las murallas del shiro. Era mi oportunidad.

La Espada Yamasita

            El día siguiente a nuestra expedición estuve casi todo el día practicando con las katanas de madera. Meca, el bárbaro mercenario, tuvo la osadía de dirigirse a mi para pedirme practicar con el arma sagrada de un samurai : la katana. ¡ Que osadía !. Si no hubiese sido un mercenario a sueldo de mi Señor Akechi Shingen allí mismo lo habría ajusticiado. Un bárbaro sin honor solo probaría la katana de un samurai para un solo cometido : morir. Todavía recuerdo cómo se ensañó con el perro ninja. Un soldado de honor se ensañaría con un enemigo, por muy deshonrado que fuese éste. Eso nos haría perder el honor. ¡ Los bárbaros no tienen honor!. Desapruebo que mi Señor Akechi Shingen los utilice en su ejército. Es un error. Pero mientras estén los respetaré. La fidelidad a mi Señor está muy por encima de mi opinión sobre los bárbaros.

          Un día después divisamos frente a las murallas del shiro a las tropas de los Mori. Eran muchos y se disponían para el combate. Lo sabíamos, y éramos conscientes de que con sólo cien hombres no podríamos detener el asalto, pero había que mantener la farsa hasta el final. Así habría de ser y así sería. Pero antes vendría la esperada hora de los desafíos. Ante mi sorpresa, Nakamura Kogaratsu se dirigió al templete y desde allí lanzó un solemne desafío. Sin duda él también tendría alguna cuenta pendiente que ajustar con algún sarnoso. Sabía que Nakamura Kogaratsu era un gran guerrero, posiblemente el mejor de los Akechi. No me cabía la menor duda de que resultaría victorioso en el combate, dándonos ejemplo a todos los demás con su maestría. Así fue. Derribó a su rival y resultó victorioso en el duelo. Era mi turno.

            Me dirigí al templete y grité fuerte y claro pidiendo la presencia de un repugnante Mikoshi. Lancé mi desafío y al poco de terminar mis solemnes palabras un Mikoshi, de nombre Tadabonu, dio un paso al frente y aceptó el desafío. Llegó la hora de la verdad, la hora de saldar las cuentas pendientes y vengar el honor de mi familia.

            Me dirigía hacia el punto de combate cuando Ota Saru me habló. ¡ Quería ayudarme en el combate de una manera innoble  !. Pretendía  robarle con un conjuro a mi enemigo la voluntad de vencer. Ahí demostró ser un waku-samurai, sin apenas linaje, cuyo abuelo era pescador. ¡ No tiene conciencia de lo que es el honor !. De no haber mediado un duelo sagrado para mí me habría vuelto hacia él para enseñarle en sus propias carnes un par de lecciones. Pero el honor de la familia esperaba a las puertas del shiro para ser vengado y no podía perder el tiempo con un waku. Le amenacé con cortarle el cuello si osaba manchar mi victoria con algún indigno subterfugio. Creo que captó el mensaje.

 

            Invoqué a los espíritus de mi clan, que me legaron un poder especial sobre Yamasita, mi katana, haciendo que su filo cortase mas de lo habitual. Este poder especial solo tiene efecto sobre la katana de mi clan, y ¡ qué mejor momento para estrenarlo que este !. Era el momento de hacer rodar la sangre de un bastardo Mikoshi, al tiempo que se vengaba el honor familiar. Escogimos duelo a katanas desenfundadas y comenzó la lucha. ¡ Cuanto tiempo llevaba yo esperando este momento !. En la katana Yamasita y en mis manos descansaba la posibilidad de vengar el honor familiar. Y así fue. No di opción a Tadabonu. Lancé un certero golpe sobre su abdomen. Tadabono cayó fulminado. Sólo me quedaba cortarle la cabeza para así terminar con la venganza. Así fue. Me retiré orgulloso, rememorando los tiempos junto a mi abuelo y recordando las palabras que mi padre me grabara en la mente respecto al honor familiar y su venganza. Mientras me dirigía orgulloso hacia el shiro, me cuidé de limpiar cuidadosamente a Yamasita. La sangre de un puerco todavía manchaba su honorable filo.

 

La deuda de honor había sido saldada. Ahora sólo quedaba ponerse de nuevo bajo el mando de Nakamura Kogaratsu y resistir el asedio. Este comenzó muy poco después. Los Mori cargaron sobre nosotros con singular fiereza. Una lluvia de flechas les recibió sin piedad. Vi cómo algunos caían abatidos apenas habían dado unos pasos, pero la inmensa mayoría se dirigía hacia el shiro gritando con furia. Pronto alcanzaron las murallas y tendieron las escaleras para tomar el shiro al asalto. Luchamos con bravura. Ota Saru empleó su innoble poder para robar a los enemigos la voluntad de vencer e hizo caer a los enemigos por la escalera. El resto luchábamos con nuestras armas reglamentarias. Tensui manejaba con habilidad la naginata. Pude ver como el bárbaro Meca tenía problemas con su rival, que parecía haberle ganado el terreno en la almena. Pero no tenía tiempo de comprobar lo que pasaba a mi alrededor, pues pronto tuve al primer enemigo junto a mí. Con mi katana desenfundada y preparada para el combate lancé duros golpes sobre mi adversario, que los detuvo al tiempo que me atacaba. Intercambiamos golpes cuando, en breve, sonaros las trompetas de los Mori tocando a retirada. Me sorprendió la rapidez con la que los Mori retrocedían. Sin duda era un ataque de prueba. Querían comprobar la solidez de la resistencia. De momento habíamos aguantado el primer asalto. ¿ Se habrían dado cuenta de la farsa ? ¿ Quizás sabrían ya que el castillo no podría resistir ?. Creo que lo sabremos pronto.

 

Por José Carlos Robles

 

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