Crónicas de un “turista”

Esta historia trata de un hombre perteneciente a una antigua y noble raza, una raza maldita y condenada a la extinción debido a que sus individuos no pueden engendrar hembras. Sin embargo, estos hombres albergan la esperanza de que un día en que aparezca la persona que los guíe y aúne para volver a ser un pueblo de esplendor como en tiempos pasados. Un día en que los hombres de Akem desfilarán triunfales.

 Mecaroth, el hombre de Akem

Mis primeras andanzas

Yo, Mecaroth, crecí junto a mi madre en un poblado de hsunchen Rathoris, aquí fui feliz en mi juventud, tenía todo lo que podía querer, comida, protección y tiempo para disfrutar de la vida, sin embargo, mi instinto cada vez me insistía más y más a que abandonara el poblado y buscara mi destino. La vida me mandaba señales, notaba que era distinto y tenía que partir. Este hecho no era mal aceptado por el resto de mi tribu, pues también se habían percatado de que era diferente y no en balde fui llamado desde niño “espíritu viajero”.

Un día, durante el amanecer unas voces me despertaron:

- Mecaroth!, Mecaroth!, rápido, tu madre está enferma.

Me levanté y fui a verla. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba con mucha dificultad, pero de sus labios pudieron salir unas agonizantes palabras.

- Hijo, sé... que aunque éste es tu pueblo y lo respetas... no lo aceptas como tal. Sé que si no has partido antes... ha sido por el afecto que me tenías,... pero hemos de aceptar que este no es tu lugar. Ahora... debes buscar tu destino...

Tras el último suspiro de mi madre había llegado el momento de partir. Recogí mis escasas posesiones y me marché del pueblo callado y pensativo. No sabía dónde ir, pero tampoco importaba.

Anduve durante un par de semanas, comía y descansaba donde podía y finalmente llegué a un pueblo costero. Allí entré en una taberna para comer algo, pero a la hora de pagar me di cuenta de que no tenía nada, y me habría costado cara mi imprudencia de no ser por un viejo borracho que me pagó el almuerzo y me dijo:

- ¡Chaval! Un joven como tú me sería útil entre mis marineros. Si te unes a mí, tendrás comida y bebida todos los días por el simple hecho de prestarme tu servicio. Si estás interesado pásate mañana por el embarcadero y te convertirás en marinero.

La verdad es que no estaba seguro de si la proposición era real o se debía al alcohol ingerido por el viejo. Lo que estaba claro era que tenía que conseguir algo de dinero y pese al temor que me producía el mar, decidí embarcarme.

Tras dos años surcando los mares quedaba muy poco de aquel callado e inocente muchacho que vomitó durante todo un día por la borda de un bajel. No aprendí mucho de navegación, pero si de comportamiento humano, comprobé en más de una ocasión como mi inocencia me costaba la comida y otras cosas peores. Me convertí en un hombre desconfiado, aprendí lo que era una verdadera mujer, y me familiaricé con el uso de la daga.

Una noche en tierra firme, durante una de las habituales borracheras de mi capitán, éste, tras perder la embarcación jugando, decidió recuperarla a golpe de espada, pero su adversario que era hábil en el juego lo era más con la espada. Entonces me quedé sin empleo y volví a marchar sin rumbo fijo con un saco de monedas que había ahorrado y con una daga.

Tras unos días en el puerto, encontré trabajo como escolta de una pequeña caravana que se dirigía al Puerto del Dragón. Al llegar, como ya me había pasado más veces, presentí que debía quedarme. La idea no me atraía, pues las gentes de las ciudades me desagradaban, pero debía hacerlo.

El dinero que tenía me duró poco, y a partir de ese momento tuve que dedicarme a malvivir, cogiendo una cosa de aquí y otra de allí, me metí en líos en más de una ocasión, llegando incluso a tener que cambiar de ciudad. Tras casi un año malviviendo, la suerte cambió, se me acercó un tipo con aspecto siniestro y me dijo:

- Si te dedicas a robar,... ¡Hazlo bien!

- ¡Quieres que pruebe contigo! – Fue extraño, solía rehuir de los altercados, pese a mi profesión, sin embargo mis labios se movieron sin que se lo mandara.

- Me he fijado en ti, y no podrías robar ni a una vieja.

Entonces, desenfundé mi daga, y sin vacilar arremetí contra el desconocido. Este desenfundó su rapier dispuesto a contraatacar, y cuando el choque de los metales parecía inminente, hice una finta, mi mano izquierda se deslizó entre las vestimentas del extraño, y sin saber muy bien como, acabé sosteniendo una pesada bolsa de monedas.

- ¿Este dinero es suyo?

Seguramente, si hubiera querido, el extraño me habría atravesado con su arma en aquel mismo momento, no obstante, de él salió una estridente carcajada y continuó diciendo:

- Tienes talento, ja, ja, ja, no hay duda de que lo tienes. Vuelve mañana aquí y tu vida cambiará.

 A partir de entonces fui parte del gremio de ladrones de la ciudad. Aprendí el manejo del rapier, el main gauche y el arte de coger las bolsas ajenas.

 Empecé a llevar una vida tranquila, que rozaba la monotonía, incluso aquel hombre que me desafió una noche, Gothelet, me demostró su aprecio y confianza. Se pudiera decir que por primera y única vez en mi vida, atisbé la amistad.

Los días pasaban y durante las noches, cuando descansaba, tenía sueños, estos se repetían, no sabía sus significados pero sabía que eran una señal y tendría que volver a partir.

Cuando no trabajaba, solía reunirme con Gothelet para charlar y beber, pero una tarde éste no acudió a la cita. Si se hubiera tratado de otra persona no me hubiera preocupado, pero Gothelet era una persona estricta y no era lógico que se retrasara. Investigando por el pueblo logré averiguar que la guardia lo había apresado, y muy probablemente si no lo recluían en un castillo, lo ejecutarían.

No sé muy bien porqué pero sentía la necesidad de ayudarlo y esta vez no era por instinto.

La cárcel donde estaba temporalmente preso, la conocía bien, no en vano había pasado ahí más de una noche. Supe que en un par de días le trasladarían así que diseñé un plan de rescate, realmente, era como robar en una casa, sólo que ahora el botín era una persona. Entonces, esperé a la noche y gracias a la buena fortuna, mi plan resultó exitoso.

Tras la liberación, ambos cogimos el dinero que habíamos recaudado, lo repartimos y nos despedimos deseando volvernos a encontrar en algún lugar en algún momento antes de la muerte.

 En esta ocasión el destino estaba claro, las lejanas tierras de Oriente. Esas tierras en que la gente posee ojos rasgados y tienen extrañas formas de ver la vida.

La llegada a las Islas orientales

 El viaje fue duro y cansado, y de no ser por el dinero que había ahorrado no hubiera podido llegar nunca, pero tras unos meses pisé esa extraña tierra.

 Para mi todo aquello era desconocido, hablaban de manera extraña, vestían de manera extraña, en fin, vivían de manera extraña y aunque en muchos lugares me había ocurrido parecido, esta vez era diferente.

 Estaba claro que tenía que conseguir dinero, comida y alojamiento. Anduve preguntando por algún empleo pero debido a mi aspecto o me rehuían o me ignoraban. Durante unos días estuve vagabundeando, conseguí un poco de alimento con el dinero que me quedaba y dormía en el lugar más resguardado que encontraba.

 Uno de esos días, caminando en busca de cobijo, oí jaleo y me habría alejado de no haber sido una voz femenina la que provocó el desconcierto. Al acercarme pude ver una muchacha con una gran espada que le costaba sostener, enfrentándose con un corpulento hombre. La desventaja era evidente y por ello decidí entrometerme en tan singular duelo. Les llamé la atención y rápidamente el hombre se abalanzó sobre mí, para acabar tras unos segundos con mi espada en su abdomen.

 Luego de esto miré a la chica la cual estaba arrodillada en el suelo, llorando, junto a un joven tendido en el suelo. Me acerqué, vi que tenía el brazo seccionado y sin duda alguna estaba muerto, más tarde supe que se trataba de su hermano. La joven alzó la vista y empezó a hablarme. Intente explicarle que no la entendía y mediante gestos pude comprender que me pedía que la acompañara. Así lo hice y minutos después entramos en una casa. Allí estuvo hablando con un señor de mediana edad cuyo rostro se torno triste y pálido en un instante. Después el hombre me observó detenidamente, se acercó, me hizo un gesto de agradecimiento y salió del hogar.

 Con dificultad la joven me explicó que me invitaban a pasar la noche en su hogar y me ofreció una humilde cena que acepté con gran satisfacción.

 Esa noche dormí tan agradablemente que cuando me desperté era la hora del almuerzo. Tras éste, el hombre me pidió que le enseñara mi rapier. Se lo dejé y pareció sorprendido tanto por que se la prestara como por el arma en sí. La observaba con gran curiosidad, realizó algunos movimientos para probarla y me hizo gracia que la blandiese como una espada bastarda.

 El hombre me comentó que se llamaba Ukawa Tohru y que era herrero, de ahí el interés por mi arma y me ofreció que le ayudara en la herrería a cambio de alojamiento hasta que encontrase un trabajo mejor.

 Al día siguiente pasó por la herrería un hombre al que le extrañó que yo trabajara allí. Estuvo hablando un buen rato con Tohru y después se marchó suspicaz. Por lo visto este hombre tenía unos guerreros a su servicio a los que el herrero proveía de material y no le hacía mucha gracia que un extranjero tocase sus armas. Tohru le explicó que yo sólo ayudaba y que no las manoseaba, lo cual era cierto.

 Pocos días más tarde aquel hombre volvió pero esta vez para hablar conmigo. Logré entender que me ofrecía trabajar como mercenario. Esto se debía a que necesitaba más guerreros y como el herrero le había comentado mi pequeña hazaña decidió contratarme.

 Me condujo a un castillo y así pasaron varios meses en los que estuve realizando los trabajos que se me encomendaban. Aprovechaba mi tiempo libre para mantener la forma física y observar las costumbres de los extranjeros. Prestaba especial atención a las armas y la forma de combate, y aunque era muy distinta a la mía, pude comprobar varias veces que los resultados eran excelentes.

Realmente, aunque esas personas actuaban de forma muy distinta, a veces ilógica, acababan obteniendo buenos resultados.

 Aunque la soledad nunca me había importado, la situación comenzaba a ser una dura prueba. La barrera del idioma parecía un obstáculo insalvable. Con el tiempo había conseguido comprender las órdenes y frases simples, pero en un par de ocasiones intenté entablar conversación con unos samuráis (así se llaman los guerreros de esas tierras), pero para ellos yo no era más que un extranjero, un apestoso “gaijin”.

    Esos guerreros están hablando siempre de honor, virtudes y lealtad a la familia, y según parece, para ellas un mercenario no es más que una rata con un arma, sedienta de dinero, y que por supuesto, desconoce esas cualidades.

 En verdad, no soy ningún “sin escrúpulos” que secuestraría a un niño para obtener su rescate, sin embargo tampoco desprecio el dinero. Al fin y al cabo, si algo he aprendido en mis venturas es que el dinero soluciona problemas.

     Pese a la soledad, no hacía nada por cambiar la opinión que tenían de mí porque no me habrían entendido, al igual que yo no les entendía a ellos. Además, no estaba allí para buscar amistad, estaba allí porque el destino me había hablado y tenía que obedecerle.

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