CAPITULO VI: LAS AMAZONAS

 

      Ota Saru, convertido en capitán por la defunción de su superior Takeda Yumisu, trata de restablecer los ánimos de la abatida tripulación. Tanto se esmera en esta actividad que se le pasa por alto como se desvalija a los muertos. El hechicero Aketago se dedica sin ningún pudor a cortarle los dedos al capitán vadelino para arrebatarle los anillos que lleva en ellos, sin duda poderosos objetos mágicos. El capitán ordena a los tripulantes que depositen el botín en un montón. El resultado es una paupérrimo colección de armaduras de cuero, armas y algo de bisutería.

    Saru ordena que preparen el barco enemigo para que se convierta en una pira para los caídos. Sin ningún pudor, y ante el asombro de todos despoja al cadáver de Takeda Yumisu de su armadura de mercurio. Todos quedan asombrados ante la desvergüenza de Ota Saru. Antes de que el barco enemigo arda, el portentoso ilusionista Aketago Atituyo lanza sus conjuros de ilusión y con retazo hache, y otro allá, disfraza el junco como si fuera el buque vadelino. La maltrecha tripulación, de ya solo 25 miembros, diez de los cuales están incapacitados hasta que sanen sus heridas se pone en marcha.

    En principio la tripulación esta expectante por ver como se desenvuelve el nuevo capitán, pero a la mañana siguiente asuntos mas urgentes ocupan su mente. Empiezan a verse manchas de sangre y grandes fragmentos de una masa blancuzca que resulta ser grasa. Según las leyendas los Ratukis, los hombres tiburón, mantienen al Leviatán en la superficie gracias a cientos de tiburones que le muerden constantemente en los flancos y en la panza para que no se sumerge. Saru sigue el rastro de sangre y grasa, hasta que finalmente, al pasar junto a un islote, a babor aparece una enorme galera réquiem, un buque enorme con mas de 400 remeros y una proa escalofriante con forma de mandíbulas de tiburón. Con cuidado el buque pseudo-vadelino mantiene su posición a babor, hasta que un par de horas después divisan lo que al principio creen que es un islote pero según se van acercando se percatan de que no es tal, sino la gigantesca bestia conocida como el Leviatán. Su joroba sobresale por encima del agua mas de 60 metros, y su longitud parece ser de casi un kilómetro. El aire a su alrededor hiede por la sangre de la bestia que se derrama a su alrededor, algunos de los samuráis se colocan mascaras de tela empapada en agua para soportar el hedor.

    Por todo el lomo de la gran bestia hay chozas construidas con bambú y con tejados de hojas de palmera. En la "cima" hay una, enorme y circular. Saru pasa el resto de la jornada intentando mantenerse alejado de los demás barcos, la mayoría galeras réquiem o los extraños esquifes ratukis semisumergidos y de las que tira un tiburón unido a ellas por un arnés. Cuando Yelm se oculta y llega la bendita noche, y tras examinar las cartas, Saru decide que se escabullan de la flotilla y enfilen un rumbo directo hacia las islas sofalis. La suerte les sonríe y se escabullen entre flota ratuki y salen por fin al mar abierto, fuera de los dominios de Shoorga.

    Pasa algo mas de una semana de navegación, que si bien no es fácil ya que la estación del mar esta acabando, tampoco es demasiado complicada, y por fin divisan las primeras de las islas sofalis. Unos días después cuando están doblando un cabo de la isla llamada Trowjang, divisan tres grandes lanchas que se dirigen hacia ellos a toda velocidad. Ota Saru ordena el zafarrancho de combate y los vormaineses, diezmados por su terrible y largo viaje se preparan para la que puede ser su ultima batalla. Se despliegan los manteletes para protegerse de los proyectiles enemigo y empiezan a circular los relatos sobre las terribles amazonas de Trowjang. En algunos de los aventureros la lujuria de meses vence al miedo y empiezan a gritar obscenidades a sus enemigas. Según se acercan las lanchas ven que en cada uno de ellas van al menos 20 amazonas, doce remeras y 8 que se tienen sus arcos prestos. El primer intercambio de proyectiles es favorable a los vormaineses, pero entonces las amazonas despliegan una especie de biombo de bambú sobre la borda de sus lanchas y la efectividad de los arqueros vorumai disminuye. Finalmente las amazonas llegan junto al buque y empiezan a sacar unas lanzas con un hasta de mas de dos metros que utilizan para hostigar a sus enemigos por los intersticios entre las protecciones e impedirles rechazar el ataque. Varias amazonas trepan por el casco utilizando escarpias de bronce que clavan en este, alzándose a pulso. Las primeras llegan a lo alto de las protecciones o las derriban haciendo fuerza lanzando terribles gritos de guerra. Akira el desventurado es nuevamente herido en el brazo derecho por un lanzazo que le obliga a retirarse del combate. Abe Noriki cae de nuevo presa de uno de sus ataques de pánico y corre a esconderse bajo cubierta.

    En medio del combate una de las amazonas salta desde lo alto de los manteletes y aterriza sobre Mecaroth el cual intenta ferozmente desasirse de este abrazo mortal para...encontrarse cara a cara con el rostro que puebla sus sueños desde hace años.La mujer de los sueños de Mecaroth

    La amazona se queda tan boquiabierta como el propio Mecaroth. Se miran el uno a otro como dos viejos amigos que se vieran por primera vez después de años, intentando cada uno de ellos encontrar algún cambio en el rostro del otro. Mientras a su alrededor se combate a brazo partido cada uno de ellos se queda observando absorto el rostro del otro.

    Luego, el hechizo queda roto súbitamente, cuando la amazona grita una sola palabra que hace que todas las mujeres guerreras dejen lo que estén haciendo. Entonces, Aketago el hechicero kralorelano se acerca y utiliza su pobre conocimiento de trowjanico para servir de interprete a los dos amantes, que se encuentran por primera vez después de compartir sus noches durante años. Mientras las renuentes y enojadas amazonas se van apartando de sus enemigos. Esto provoca algunas situaciones embarazosas, porque algún marinero al que se le había tirado encima alguna de las atléticas hijas de Tolat y se le había colocado encima para rematarle de una puñalada, pensando mas con sus genitales que con su cerebro, llega a protestar.

    Tras unos tensos momentos en que la barrera de idioma se interpone entre los dos amantes, solo levemente rota por su peculiar e insuficiente traductor, las amazonas comienzan a volver a sus lanchas. Un desesperado Mecaroth gira de un lado a otro como una peonza, discutiendo en unos instantes varios planes que se descartan a la misma velocidad que se elaboran. Primero pregunta si puede acompañar a las amazonas, luego le dice al hechicero si puede disfrazarlo de mujer, después empieza a pedir información sobre Trowjang, si la isla se puede visitar y como. Mientras tanto, las lanchas se van alejando poco a poco, y con ellas el corazón de Mecaroth. Los hijos de Vormain se van por su parte, y lentamente el ocaso va haciendo desaparecer Trowjang en el horizonte.

    Esa noche, Saru habla en un aparte con Abe Noriki y se lo deja bien claro. O se hace el seppuku en cubierta mañana al amanecer y así salva su honor, o tendrá que tomar medidas mas extremas. A la siguiente mañana, se prepara todo en cubierta, y el joven samurai comienza el doloroso suicidio ritual. Sin embargo las fuerzas le fallan nada mas clavarse la espada la primera vez, y su ayudante, el mismo Ota Saru, se ve obligado a decapitarle en cuanto empieza a gritar.

    Poco mas queda por relatar de este viaje, tras otra semana de navegación por los mares interiores de Kralorela nuestros viajeros llegan al puerto de Takesago, en Zom-An. Su viaje ha concluido por fin, su deber esta cumplido, pero apenas quedan 20 de los 100 que partieron. Kato y sus yamabushis (entre ellos Tensui), pulen sus armaduras, afilan sus lanzas y llevan a cabo su ritual de desfile y revista en el muelle, algo a la vez digno y ridículo, hermoso pero desolador, solo cuatro yamabushis quedan de la tropa para realizar el ancestral ritual.

Y aquí termina esta parte de la historia. No os preocupéis volveremos con mas aventuras de los hijos de Vormain.

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