CAPITULO IV: LA MALDICIÓN

         Tras algunas horas mas de tensión, el junco vormaines abandona finalmente las aguas de los dragonuts.

  En su camarote, los oficiales discuten el rumbo. Van a ciegas, ya que no poseen ninguna carta de estas aguas, y algunos de los marineros si no lo saben, sin duda lo sospechan, así que habra que estar dispuestos a aplacar cualquier conato de motín.

    Durante un par de días la nave continua su singladura sin que nada de interés ocurra. Y entonces una noche, mientras Akira esta de guardia, del agua surgen unos cuellos enormes y flexibles, rematadas en cabezas de ojos brillantes y crueles. Veloces como culebras los monstruos empiezan a atacar a los piratas que empiezan a dar la voz de alarma. La fortuna no sonríe a Akira. El monstruo clava sus dientes en su brazo derecho, y pese a su armadura se lo deja inútil, forzando a Akira a combatir con su brazo derecho.

    El grito de alarma despierta a los que duermen bajo la cubierta, a algunos antes que a otros, rápidamente suben por las escaleras, el primero de ellos sale a cubierta y entonces una masa enorme cae sobre el aplastándole. La masa resulta ser una enorme figura humanoide, que Mecaroth reconoce como un troll, sin dudarlo se lanza contra el haciéndolo retroceder, mientras mas de sus compañeros salen a cubierto, para encontrarse con un grupo de una docena de trolls, que les impide acercarse a donde los guardias están siendo aniquilados por los monstruos de cuellos de cisne (plesiosaurios). El combate es rápido pero duro, pese a su enorme fuerza y tamaño los primitivos trolls no son rivales para los samuráis, incluso aunque estos solo lleven ropa interior. Durante el combate, Akira oye un ruido sordo procedente del fondo del buque, pero pronto lo olvida en el frenesí de la batalla. Por fin los trolls se retiran pero los aventureros aun tardan unos vitales asaltos en percatarse del ruido que viene de la bodega. Cuando lo hacen vuelven abajo a toda velocidad y se encuentran con que en la cala el agua les llega a las rodillas por los múltiples agujeros del casco. A su alrededor se oye ese ruido sordo, aunque repentinamente a la derecha de Tomoyuki se abre un agujero en el casco y se ve aparecer un enorme hocico de troll con las fauces abiertas de par y par y las astillas arrancadas al casco desapareciendo en su garganta. Furioso lo golpea con su katana, haciendo retroceder a la bestia. El ataque submarino cesa, pero es necesario ponerse manos a la obra y reparar el casco. Se empiezan a oír siniestros rumores de que el barco esta maldito. Abe Noriki pierde la compostura y empieza a exclamar que el viaje esta maldito y todos van a morir, se le reduce y todos se retiran a descansar, salvo la guardia reforzada.

    Llega el nuevo día pero no le acompaña la tranquilidad. Todos están inquietos, el día transcurre lleno de recelos e inquietudes. Entonces durante la noche, Ota Saru se despierta al oír un ruido, y cautelosamente se vuelve para ver como un joven samurai llamado Genosuke esta apuñalando al hombre que duerme junto a el, mientras murmura sin cesar: "así te salvaras, te salvaras, haré que todos se salven..", Ota se levanta da la alarma y el demente es ejecutado en el acto.

    Las desgracias parecen no tener fin, esa noche, mientras Imai esta de guardia, ve que junto a el se coloca Akechi Tokuri, el sacerdote tiene una mirada extrañamente vacía y tras mirar a Imai a los ojos, y sin mediar palabra se arroja al agua. Imai se queda paralizado sin saber que hacer y es Tensui el primero en arrojarse en pos del sacerdote. Con dificultad y auxiliado por otros consiguen subirlo al barco, ya que hace lo posible por hundirse de nuevo, babea y habla incoherentemente en tanyeno, no respondiendo a ninguna palabra en imperial.

    Al día siguiente este asunto acaba discutido a pleno pulmón en la cubierta y un samurai mata a un marinero por incitar al motín, otros empiezan a gritar a pleno pulmón que may que sacrificar a Sukua el pato a los dioses. Takeda se ve obligado a intervenir y cuando la tripulación le grita a la cara que "Tsankh quiere sangre" decide complacerles. Ordena azotar a tres de los que mas han gritado y recoger su sangre para ofrecérsela a Tsankh, cuando la sangre recogida en un cuenco es vertida en la garganta de madera del ídolo de Tsankh, la imagen empieza a emitir un resplandor verdoso, Tsankh esta satisfecho con el sacrificio.

    A las pocas horas, en medio de un ambiente que se podría cortar a hachazos se empieza a huir un cántico de una belleza ultraterrena, un canto que promete a los viajeros poner fin a todas sus desdichas si lo siguen y abandonan todo lo demás. Gran parte de la tripulación obedece a los cánticos e incluso sin despojarse de sus armaduras se arroja al agua en pos de las bellas interpretes, las mujeres zabdamar

Las mujeres zabdamar: el mas bello cebo de Glorantha

    Entre los que sucumben a la melodía están Tensui el yamabushi, Ota el wako y Akira, pero este ultimo no llega a arrojarse al agua por que Imai le golpea con el pomo de su katana y lo deja inconsciente. Aunque el canto no tiene palabras reconocibles esta lleno de promesas de felicidad y placer, los nadadores sonríen arrobados mientras se afanan en llegar hasta las cantantes. Mientras, los pocos que conservan la cordura se encuentran desorientados, el único de los oficiales que no se arrojado por la borda es Abe Noriki, el segundo oficial, que empieza a gritar que todos están condenados. Mecaroth e Imai se atan a un cabo y se arrojan por la borda con intención de rescatar a alguno de sus enloquecidos compañeros. Su estrategia se prueba errada y casi no consiguen salvarse ellos mismos. Finalmente Imai se acerca al gimoteante Abe y le golpea en la cara para que recupere la compostura y se haga cargo del navío, cuando por fin lo hace, todos se percatan de que algo dificulta su avance. Los aventureros se dirigen a la proa y ven que unas formas acuosas, como enormes burbujas que se amoldan a la forma del casco del barco, parecen estar frenando al buque. Se trata de ondinas, los elementales del agua.

    Repentinamente uno de los tripulantes se da cuenta de que el agua se esta volviendo roja alrededor de uno de los nadadores, varios de los tripulantes, incluyendo a Imai, se acercan a la amura de babor con la intención de ver que es lo que ocurre. Y lo que ven les hiela la sangre.

    De debajo de la superficie surgen unas formas enormes con largas colas de pez que o bien atraviesan con tridentes o bien se echan sobre los nadadores hasta ahogarlos. Son hombres-zabdamar, de aspecto muy diferente al de sus mujeres, ya que sus rasgos recuerdan a los de las focas. Sin piedad y sin pausa van acabando con los pobres incautos que sus pérfidas esposas han puesto a su merced. Las afiladas púas de sus tridentes atraviesan desde abajo los desprotegidos vientres de los vorumai y su enorme peso los ayuda ahogarles. Mientras sus tentadoras esposas se van alejando lentamente pero manteniéndose siempre fuera del alcance de sus adoradores.

    Desde el barco los guerreros vorumai intentan buscar blancos fáciles. Mecaroth dispara rápidamente y sin reflexionar y su flecha golpea a uno de los nadadores, que se hunde como una piedra. Imai tiene mas suerte y consigue herir a uno de los zabdamares. Ante este hecho, estas criaturas, cobardes por naturaleza empiezan a retirarse. Pero han cumplido bien con su misión, mas de treinta de los compañeros han muerto y el capitán, Takeda Yumisu, ha sufrido una terrible herida y solo esta vivo gracias a su armadura de aluminio, es necesario llevarle a su camarote para que repose, quedando mientras tanto Ota Saru al mando del buque.

    Tras el terrible precio que se han cobrado los zabdamares, mas de treinta de los viajeros, un terrible fatalismo empieza a cundir entre los supervivientes, tras tal cúmulo de desastres en tan pocos días. Su sacerdote esta loco, su capitán herido e incapacitado, y solo quedan una treintena de los que zarparon de la lejana isla de Kaishen.

    De modo que cuando por fin llega la salvación, no debería culpárseles demasiado por tomarla en principio como un nuevo peligro. Cuando en el horizonte se recorta una vela Ota Saru ordena el zafarrancho de combate. Lentamente los navíos se acercan hasta que es posible distinguir los estandartes, el del otro barco es un triangulo equilátero negro sobre fondo rojo: el emblema de la coalición de Valkaro, por fin han alcanzado su objetivo.

    El barco resulta ser un guardacostas, y sus tripulantes una visión pintoresca, que ayuda a relajarse a los viajeros fatigados física, y sobre todo emocionalmente. Los soldados pese a ser de raza kralori, llevan escudos de heraldo y espadas rectas. Su jefe va cubierto de pies a cabeza con una cota de malla, incluyendo una cogulla que la cubre la cabeza. Tras una difícil negociación por culpa del idioma, la inexperiencia de Ota Saru y la arrogancia del valkarita y de Nakamura Kogaratsu que están a punto de batirse en duelo, los vorumai consiguen hacer comprender y el oficial valkarita les autoriza a fondear en el cercano puerto de Galanin, en la isla que ellos llaman de Santa Xemela.

     Cuando llegan a la isla, no se les permite desembarcar hasta que los lideres de la expedición se entrevisten con el gobernante de la isla, un tal Consejero Letus Kaanejan, un poderoso hechicero, que tiene un curioso sistema de reforma penal: los condenados pueden ver reducida su pena a la mitad a cambio de pasarla transformados en cerdos. Letus pronto llega a un acuerdo con Nakamura, Akechi y Takeda y los vorumai son autorizados a permanecer en la isla mientras no salgan de la ciudad.

    Por otra parte los lideres de la expedición están sumamente inquietos. Esta claro que son objeto de algún tipo de maldición, pero ignoran de quien. Convocan a los aventureros y les dan una gran cantidad de dinero para que busquen a un adivino y que les diga que les esta pasando. Tras deambular por la ciudad y oír hablar por primera vez de los Expiadores eclesiásticos y de su siniestra madriguera el Alcázar de la Expiación. Finalmente les hablan de un famoso adivino llamado Omfral que vive en una isla cercana. Y tras hablarlo con sus jefes y conseguir un permiso de las autoridades allá se dirigen el día siguiente en un pequeño balandro. Pero cuando llegan les espera una desagradable sorpresa: Omfral ha muerto hace un mes.

    Sin embargo su hijo, un individuo bastante callado, les dice que si quieren oír sus profecías aun puede arreglarse. Tras cobrar 20 monedas de oro (2.000 peniques) a los aventureros, va en busca de un sacerdote y en compañía de este y de varios animales (un cordero y dos conejos negros), todos se internan en un terreno cubierto de dunas, tras caminar por este desolado lugar un par de horas, el grupo alcanza una colina arenosa en cuya cima hay plantado un inmenso poste negro del que cuelga calaveras de hombres y humanos, el sacerdote, que resulta serlo de los Antepasados cava una zanja en forma de circulo alrededor del tótem, y empieza a realizar sus invocaciones. Cuando llega el momento apropiado coge al cordero negro y lo degüella de forma que su sangre va cayendo en la zanja mientras recorre el circulo. Cuando el sacerdote completa el circulo, empiezan a aparecer formas nebulosas y vagamente humanoides alrededor del circulo de sangre. Algunas empiezan a acercarse al circulo y a dirigirse al hijo de Omfral. Cuando habla resulta ser su madre, que pide a su hijo que la ayude, pero este hace un gesto al sacerdote, y este, enarbolando un cuchillo de hueso, corta con el al espíritu que desaparece con un grito lleno de desesperación, tras este viene otro espíritu que pretende ser el difunto hijo del invocante, y es tratado igual, solo al final, y algo esquivo, viene el espíritu de Omfral. Entonces el sacerdote sacrifica a uno de los conejos negros, y el espectro empieza a beber la sangre y volverse mas sólido, resultando ser un anciano de mirada cansada. El hijo del adivino les dice a los aventureros que este es el momento de preguntar a su padre. Muchas preguntas le hacen, mas el solo responde algunas , las dos mas importantes son:

“ A la nereida Shorgaa habéis ofendido

La sangre de su hijo derramado,

Si queréis escapar de ella tendréis que ir

Donde los hijos del mar nunca han osado

Seguir la estela del esclavo de Ratuk

La mayor bestia del ponto vinoso”

y esta otra, al preguntar como pueden escapar de la maldición:

 

“Buscad al hijo del Esplendor

encerrado en la Casa del dolor

el es maestro de la Ilusión

Capaz de confundir al mas

Cauto de los guardianes”

 

Cuando ya es imposible contener a los espíritus el sacerdote sacrifica al segundo conejo del color del azabache y los espíritus se desvanecen. Los aventureros no están muy seguros de lo que han oído, pero la noche se acerca y no quieren que les sorprenda en este lugar, así que se apresuran a volver a la aldea.

Ir a capitulo III Ir al capitulo V





               
             Mandame un Correo Electronico