CAPITULO II: RUMBO AL SUR

      Tras el terrible envite de los Mori, Kogaratsu-san examina la situación con gesto preocupado. Tras reflexionar unos momentos mirando hacia el ejercito enemigo, que se repliega por toda la explanada que rodea el castillo. Con semblante severo manda reunir a la tropa y da sus ordenes. Han caído ya muchos, demasiados, no serán capaces de soportar el siguiente asalto, así que solo se quedaran treinta, que se irán replegando en grupos de diez, todos los demás deben embarcar. De entre los compañeros se quedan Saru, Akira, Tensui y Tomoyuki, solo Mecaroth embarca.

    Apenas tres horas después los Mori lanzan un nuevo asalto, las flechas se pierden entre ellos como si se lanzaran contra las olas de un mar embravecido, y avanzan igual de inexorablemente. A la orden de Nakamura los combatientes se van retirando y corren hacia el acantilado. Pero Saru tropieza y se cae mientras los Mori aúllan su victoria sobre las murallas del castillo, Tensui también fracasa miserablemente al descender por la cuerda que cuelga del acantilado y cae al mar cargado con su armadura, y antes de que empiece a ahogarse le sacan los marineros del junco. Por su parte Saru se incorpora y echa a correr y desciende por las cuerdas. El junco zarpa mientras los Mori gritan insultos desde el borde del acantilado, frustrados al descubrir por fin el ardid del que han sido victimas y sin que quede nadie en quien vengarse.

    Sin embargo cuando el junco deja atrás los acantilados los vigías divisan dos buques wako, los cuales llevan el mon de los Ikawa, otro clan de samuráis-wako, aun fiel a los Mori, ademas de ser viejos enemigos de los Akechi. Sin embargo la maestría de Takeda Yumisu en la navegación les impide reducir distancias y pronto quedan atrás.

    Durante los siguientes siete días el tiempo transcurre tranquilamente, sin sobresaltos. Ota Saru asume su puesto de primer oficial con naturalidad, mientras los demás aventureros tratan de adaptarse a la vida en el mar, al vaiven de la nave, a dormir en hamacas en un cuartucho atestado, a la comida preservada, y demas delicias de la vida en el mar. Sin embargo, al octavo día, el vigía divisa una vela en el horizonte. Uno de los oficiales lo examina con su catalejo y afirma que es un mercante haragalano. El capitán ordena poner proa hacia el, pero Nakamura se opone. No están allí para saciar los apetitos de los piratas y su dios, sino para cumplir las ordenes de Lord Shingen, y abordar el buque haragalagano pone en peligro su misión. Takeda se enfrenta a el, y durante un minuto ambos se miran en silencio, el ambiente se puede cortar con una katana. Finalmente Nakamura cede a los argumentos de Takeda.

    La habilidad del capitán haragalano no existe frente a la del experimentado wako y de hecho su barco esta a punto de volcar cuando este le intercepta. Los mas osados se arrojan sobre el barco enemigo desde el palo mayor ayudandose con unas cuerdas, asi lo hacen Mecaroth, Tensui y Kazan, otro yamabushi. Aunque al principio los haragalanos tratan de resistir, la avalancha de piratas mucho mas duchos en el arte de la guerra es pronto demasiado para ellos y optan por la rendición. Y de nuevo se produce un encontronazo entre ambos jefes, mientras Yumisu quiere seguir la vieja tradición pirata y acabar con toda la tripulación y hundir el barco, Kogaratsu no esta dispuesto a tolerar tal infamia. Esta vez la discusión se inclina del lado de Nakamura Kogaratsu y los supervivientes son perdonados, sin embargo se derriba el mástil del barco capturado para reducir la velocidad. Sin duda el mercante debe formar parte de un convoy y cerca puede andar uno de los temibles "Barcos Altos" de Haragala. Con su bodega llena de barriles de especias y de maderas preciosas el buque vormaines enlentece su marcha visiblemente.

    Tres días después, y sin que nada digno de mención haya ocurrido entretanto, se avista una isla, a la que se dirige el barco para reabastecerse de agua y si es posible también de comida. Anclan en una pequeña cala, de arenas blancas y con palmeras de color verde intenso que llegan casi hasta la orilla del mar. Un pequeño grupo desembarca en un bote y se asegura de que no hay "haragalanos en la costa". Tras esto, la tripulación harta tras diez días encerrada en el barco, desembarca en tropel y se desperdiga por la playa. Los marineros dirigidos por el veterano Anjin se dedican a coger frutas y mariscos y esa noche todos devoran una opípara cena de bigaros guisados y de colas de langosta sobre lecho de mangos. Y por primera vez en lo que les parece una eternidad, pueden dormir al aire libre con las estrellas como techo en lugar de en una hamaca en un cuarto atestado.

    Pero toda esta calma se ve turbado por un hecho deleznable. Esa noche, mientras Mecaroth esta de guardia oye un ruido y avisa al jefe de la guardia. Examinan el lugar y ven las huellas de varios pies: ¡¡desertores!!. Se da la alarma y se pasa revista. Faltan cuatro marineros y un yamabushi. Por una vez Kogaratsu y Yumisu están de acuerdo, hay que perseguirlos y dar un escarmiento. Kogaratsu propone enviar al mismo grupo que tanto éxito tuvo en la descubierto, aunque se les añade otro yamabushi. Precipitadamente la expedición empieza a seguir el rastro internándose en la jungla, y eso esta a punto de suponer su perdición. En medio de la sofocante noche tropical, cargados con sus armaduras de metal, acosados por los mosquitos, nuestros héroes pronto empiezan a caer deshidratados, aunque algunos aguantan en pie, pronto queda claro que así no pueden continuar. Se ven forzados a volver tras sus pasos y dejar en la playa sus armaduras y parte de sus armas, así como a coger varios grandes odres de agua. así pertrechados y sin mas dilación, vuelven tras la pista de los fugados.

    Tras varias horas atravesando la jungla, los aventureros llegan a una pequeña elevación desde la que divisan un pequeño poblado. Tras otro par de horas de camino, llegan a las inmediaciones del mismo, de lo que se percatan al oír el escándalo de unos niños jugando. Akira se adelanta sigilosamente y descubre una escena en principio idílica. Unos niños casi desnudos jugando con una comete, pero, se da cuenta de un pequeño detalle. A todos los niños les crece del talón un tallo verde y con hojas. Rápidamente, se reúne con los demás y finalmente deciden que Tomoyuki y Tensui irán a hablar con los isleños.

    Con las armas envainadas y enseñando las palmas de las manos en muestra de intenciones pacificas, ambos irrumpen en el poblado, y se detienen unos minutos, mientras tanto observan que todos los nativos tienen el mismo tallo, el cual parece alargarse metros y metros. Con sus pobres nociones de tanyeno, el idioma de estas islas, Tomoyuki intenta preguntar a los nativos por los desertores. Sin mucha dificultad estos asienten y les hacen señas para que los acompañen al centro del poblado. allí ven un gran circulo de piedra en cuyo centro hay una especie de bosquecillo, aunque mirando de mas cerca se ve que es una sola planta con cientos de tallos, de esa masa vegetal surgen los tallos que terminan en cada uno de los nativos. Junto a la planta, yaciendo en el suelo, están los desertores, salvo el yamabushi, el cual esta devorando espasmódicamente algo, cuando se acerca, este les mira con una cara llena de estupida felicidad. El zumo de los frutos que esta comiendo, y que son los mismos que cuelgan del árbol, le corre por la cara y el pecho. Cuando se acercan, ven que de los talones de los caídos están naciendo tallos como los de los isleños, y que están creciendo en dirección a la planta.

    Cuando los dos guerreros hacen ademán de llevarse a los yacientes, pero los nativos se lo impiden diciendo que ahora: "son de Arganthosas". Entonces se dirigen al único que aun esta consciente y le conminan a que les acompañe, pero este se niega y les ofrece los frutos, cuando ve que están dispuestos a golpearle con sus armas empieza a gritar que repudia a Yelmalio y acepta a Arganthosas como su dios. Tensui, casi fuera de si, le golpea con el astil de su lanza y lo deja fuera de combate. Pero entonces los nativos vuelven a gritar "es de Arganthosas, es de Arganthosas" y finalmente se ven obligados a abandonar el poblado sin ninguno de los fugitivos. Cabizbajos comunican su fracaso a los demás  y vuelven al barco, donde el siempre enigmático Akechi Tokuri, tras oír su historia, dice que en sus sueños se ha encontrado con el espíritu de la isla, Argentosas "un ser benevolente y magnánimo" el cual ofrece a cualquiera que consuma su fruto, delicioso por otra parte, el unirse a el y a los nativos de esta isla, donde se vive tranquilamente, en paz y abundancia "afortunadamente", añade, "ninguno mas de nosotros es lo bastante sensato para aceptar su oferta".

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