HISTORIA DE AGNUS DE TESHNOS

 

 

Mi nombre es Agnus y prefiero no recordar mi apellido. Nací en Teshnos, de noble cuna. Mi padre, un noble de cierta importancia, contaba con multitud de hijos de los cuales yo era el primogénito. Mi niñez fue cómoda en el palacete de mi padre donde fui educado según el uso y las costumbres de la nobleza. Por aquellos tiempos vivía rodeado de lujos y comodidades. Mi maestro de armas pronto se dio por vencido cuando vio que no ponía el debido interés en sus lecciones ya que yo no estaba destinado a combatir sino a dirigir pues tal era mi derecho de sangre. Mis tutores me fueron enseñando las habilidades que harían de mi un gran líder en el campo de batalla cosa en la que me empeñe y estudie con interés.

 

Agnus ante una imagen de Furalor

 

La vida me trataba bien. Mi posición junto con mi gran porte físico me garantizaron gozar de la compañía de multitud de doncellas. Yo era un hombre de pura raza de Teshnos. Era un hombre grande, resistente y con la belleza cautivadora heredada de mi madre y con el poder que imponía mi primogenitura sobre el titulo de mi padre. Entonces estallo la guerra.

 

Atacaron nuestras tierras por el norte y mi padre envió a su mejor hijo a defender sus territorios. Al mando de un discreto pero contundente grupo de hombre me dirigí al norte a pretejer nuestros dominios. Pronto se vio que nuestras tropas eran insuficientes ante las hordas de enemigos pero eso no me hizo desfallecer. Aguantamos en el frente sin casi suministros durante todo un mes manteniendo ocupados a los enemigos mientras aguardábamos refuerzos. Cuando llegaron los refuerzos de mi padre, cargamos sobre los enemigos y los barrimos sin piedad del campo de batalla.

 

Fue una gran victoria la que cosechamos en aquella campaña la que hizo que me otorgaran por derecho propio el titulo de Señor protector de las Estepas del Norte. Acepte el título con orgullo y vi como el corazón de mi padre se engrandecía ante mi triunfo.

 

Pero un año después el enemigo comenzó a tantearnos de nuevo. A lo largo de unos cuantos meses comenzamos a sufrir los primeros ataques que fueron rechazados una y otra vez por mis tropas. No eran muchos los enemigos pero fue una campaña larga y tediosa puesto que estos parecían no acabar nunca. Las piras en las que mandaba quemar los cuerpos de nuestros enemigos iluminaban cada noche y el horror de una guerra sin fin ensombrecía nuestros corazones.

 

Meses después de tanto asedio nuestros espías descubrieron el inminente ataque de un numeroso ejercito enemigo. El lugar en el que el enemigo había acampado estaba lejos pero estaba terriblemente expuesto a nuestro ataque. Mande levantar en armas a nuestro ejercito y partimos raudos hacia el norte a eliminar de una vez por todas a nuestro enemigo.

 

Poco es lo que recuerdo de esa batalla porque por suerte la bendición del olvido nubla mis recuerdos. Recuerdo unas oscuras criaturas entre las tropas enemigas y como la lluvia torrencial condeno a mi ejercito a una tumba de barro. Desperté con la cara cubierta de barro y medio sepultado por el cadáver de mi caballo. Estaba rodeado de los restos mutilados de mi ejercito. Por doquier veía los restos de mis hombres y las evidencias de que todos los supervivientes, sin excepción, habían sido rematados de la forma más horrible posible. Las heridas que cubrían mi cuerpo eran sin duda mortales de necesidad pero yo había sido siempre un hombre muy denso que era capaz de encajar un puñetazo sin apenas pestañear por lo que ante los que otros habrían muerto, yo me mantenía vivo. Mi rostro estaba surcado de terribles heridas las cuales no me habían causado la muerte en parte porque el fango paro la hemorragia. Mareado por la perdida de sangre me alce entre el mar de cadáveres y me arrastré como pude para salir de esa pesadilla. Poco recuerdo de mis  travesía por el campo de batalla salvo que apenas pude llegar al pueblo mas cercano. La pequeña aldea estaba masacrada. Sus hombres, mujeres y niños muertos y esparcidos por doquier. Los cuerpos de las mujeres, desnudas en su muerte, atestiguaban la crueldad con la que encontraron ésta. Caí postrado de rodillas en el fango con las lagrimas corriendo por mi rostro.

 

A la mañana siguiente desperté en una cama mullida. Las nieblas de la inconsciencia habían atenazado mi alma la noche anterior y pude ver mi cuerpo cubierto de blancas vendas. Me incorporé como pude notando el ardor en mi rostro por debajo de los vendajes. Una anciana se acercó a mi con un cuenco,  lleno de un caldo de dulce aroma el cual templo mi torturado cuerpo. Mucho tiempo pasé bajo los cuidados de la anciana, sumido en la semi-inconsciencia, ya que, en los cortos periodos en los que despertaba, ni siquiera tenia fuerzas para curarme con la magia de los espíritus. No se el tiempo que pasé en ese estado luchando contra la infección de mis heridas  y las horribles pesadillas que me atenazaban pero no me cabe la mayor duda de que solo mi excepcional constitución me permitió sobrevivir a dicha prueba.

 

Quite los vendajes de mi rostro y descubrí, horrorizado, como mi bello rostro (ASP 15) había quedado terriblemente desfigurado (ASP 7). Largas horas pase tratando de recordar lo sucedido cuando la anciana regresó. La mujer era una ermitaña que vivía en las montañas cercanas a la aldea. Me contó como me encontró medio muerto en el suelo y de cómo con ayuda de su aprendiz me trajo a su cabaña. Una terrible maldición pesaba sobre mi, y no pudo sino curarme con el uso de hierbas y pociones ya que la magia curativa parecía no surgir efecto en mis heridas. La enfermedad y la infección a punto estuvieron de costarme la vida y había tardado casi dos meses en recuperarme del trance vivido. Enajenado, cogí mis pertenencias para ir a saber lo que había sido de mi patria aunque no antes de verme obligado a escuchar unas palabras de la anciana.

 

Me dirigí rápidamente hacia mi fortaleza para encontrarla destruida. Por donde pasaba veía las ruinas y restos de la destrucción y mi corazón se empequeñecía ante tales visiones. Al cabo de dos días de marcha llegué a un puesto avanzado de teshnanos con los estandartes de mi padre. Me identifiqué ante los incrédulos guardias que me tomaron por un loco hasta que uno de ellos que me conoció en mi juventud me reconoció entre las sombras de mi desfigurado rostro. Me transportaron rápidamente al castillo de mi padre si bien no noté nada extraño en su silencio.

 

Entré en el castillo de mi padre esperando un caluroso recibimiento por haber sobrevivido a tal desastre viendo a mi padre en el gran salón. Su mirada me helo el corazón puesto que estaba llena de ira y de odio. Mi padre, encolerizado, me acusó de cobardía ante todo su pueblo y mis pobres explicaciones sobre lo sucedido no hicieron mas que acrecentar sus gritos y mi humillación. La sacerdotisa de Fulanor cuyo culto de la guerra yo profesaba me excomulgó públicamente y me insultó relatando mi cobardía en combate. Al parecer yo había escapado abandonando a mis hombres a una muerte segura cosa que aunque no recordaba, no podía ser cierta pues desperté en el centro del campo de batalla. Humillado fui repudiado por mis padres, hermanos, amigos y expulsado de mi culto. La ley impedía que un noble fuese muerto por su propio padre por lo que me dieron 24 horas para abandonar el reino so pena de muerte. Hasta entonces contaba con la inmunidad de la ley.

 

Enfurecido, insulté la ceguera de mi padre cuyos oídos estaban siendo envenenados por la sacerdotisa de Fulanor y abandoné el gran salón con mis escasas pertenencias. De camino a la salida de la ciudad, detuve mi andar en el templo de Fulanor en el cual armé un gran revuelo y estropicio blasfemando contra mi antigua fe y rompiendo valiosas posesiones de los sacerdotes hasta que vi que de continuar ni siquiera la ley salvaría mi vida. Escupí con todo el odio de mi ser sobre el altar de la diosa y abandone el templo, ciudad, título y posesiones para vivir una nueva vida exiliado de mi patria.

 

Muchas fueron mis aventuras en Teshnos en mi camino hacia el este. La travesía fue larga y más fueron las cosas que fui perdiendo según pasaban los meses. Mi fe, mi moral, mi código de honor, mis costumbres y hablares de noble, todo fue dejado atrás en una espiral descendente hacia la autodestrucción. Las noches las pasaba en su mayor parte cubiertas de pesadillas y solo descansaba en los extraños momentos en los que el mas profundo agotamiento me hundía en un sopor sin sueños, semejante a la muerte. Las pesadillas acerca de lo acontecido en la batalla eran olvidadas con cada despertar y nada recordaba yo de los acontecimientos vividos salvo una leve voz que me impulsaba sin descanso al este que mas tarde identificaría como la voz de la anciana.

 

Mi torturada mente fue cambiando mi personalidad. Donde antes había un férreo código de honor, ahora solo había afán de supervivencia. Donde otrora había honradez y buenos modales, ahora estaban los modales de un villano. Me vi obligado a ganarme la vida como soldado raso en múltiples ocasiones y aprendí a rematar a mis enemigos con la ceguera de la sed de sangre. Jamás tome prisioneros. Las pocas ocasiones en las que me vi envuelto en combates con muchos hombres me di cuenta que me atenazaba un miedo atroz. No quería dirigir a hombres al combate y en las pocas ocasiones que me vi obligado a hacerlo fue por la muerte de un superior y siempre con una gran inseguridad debida a mis recuerdos difuminados por las pesadillas. Siempre que combatía me atenazaban las mismas pesadillas durante la siguiente noche y me despertaba lleno de sudor y temblores. Con el paso del tiempo las pesadillas se hicieron menos frecuentes pero aún me asaltan de vez en cuando, sobre todo cuando he estado cerca de la muerte o he administrado su paz en combate.

 

El único refugio que he encontrado es el del alcohol al que reconozco que he adquirido una mínima dependencia. No soy un alcohólico pero si he visto que un trago de algo fuerte me ayuda a dormir mejor y reduce el riesgo de que tenga pesadillas. Se ha convertido en todo un ritual para mi hasta tal punto que me pongo de mal humor si veo que llega la noche y mi fiel petaca esta vacía. Creo que es a causa del miedo a sufrir otra pesadilla principalmente.

 

Ahora la voz de la anciana me he llevado a Kralorela cuyo lenguaje aprendí tenuemente en mi juventud. Ya hace tiempo que no soy el hombre al que crió mi padre. Tengo la impetuosidad, despreocupación y libertad propia del que no tiene nada que perder y ya hace tiempo que he abandonado el lenguaje y los modales de los nobles. El lenguaje de los nobles o el lenguaje de las víboras como me gusta llamarlo pues es solo hablado por los parásitos que tienen dobles intenciones. Detesto a los hipócritas que hablan el lenguaje de las víboras y trato de evitarlos todo lo que puedo. Ahora vivo más feliz, sin ataduras de ningún tipo y con la libertad de un pájaro. Aún soy capaz de comportarme y hablar como las víboras cosa que hago cuando quiero ser tomado en serio o cuando beneficia a mis propósitos pero eso no evita que luego tenga que vomitar de asco ante tales ardides. Al poco de entrar en Kralorela fui detenido por portar armas tal y como la voz de la anciana me predijo y fui encerrado en una prisión donde pase las horas esperando tal y como debía de hacer.

 

No se cual es el destino de mi vida. Es la voz de la anciana real o solo es producto de mi demencia. Tengo un destino que cumplir o solo tengo que conseguir acallar la voz de la locura. No lo se. Lo único cierto es que la voz me esta guiando en una dirección que de momento sigo puesto que no tengo nada mejor que hacer y todo hombre, aunque no tenga nada y no quiera nada, precisa un motivo para seguir viviendo.

 

GLORANTHA

VORMAIN

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